13 sept 2013

Palabras prestadas.

Odio a los hombres.
Odio a los hombres porque todo lo que tenga que ver con ellos merece mi desprecio. Me parecen detestables. En verdad los aborrezco.
Nunca hacen las cosas bien.
Nunca pueden estar contigo (y sólo contigo).
Un hombre busca siempre a tres mujeres: la de sus sueños, con la que quieren estar y la otra.
Y no importa cuán perfecta seas; no importa cuán guapa, inteligente, linda o atractiva seas. No importa. Nada de eso importa. A lo largo del día, siempre se habrán excitado sexualmente por alguien más además de ti. Alguien más tonta, más inútil, más vieja; con facciones lejanamente tan femeninas como las tuyas, con un intelecto mucho más pobre y sin los sentimientos que tú tienes por ese hombre, por ese maldito.
La mujer de sus sueños no existe. Y, sin embargo, siempre está presente como un trío (que para él no tendría nada de malo, desde luego), atormentándote. En cuanto ella aparezca, tú serás historia. Pero no existe. Funciona tan sólo como un temor, como un castigo, como una amenaza. Todo con el objeto de presionarte para que seas linda, controlada, amable. Linda. Como si qué.
La mujer con la que quieren estar. Dios. “¿A nadie le ofende?”, me pregunto yo. ¿Ninguna mujer se siente ofendida por dejar de ser la novedad, el reto, la conquista?
Eres un objeto. Una novedad. Y más tarde te das cuenta de que bien podrían tenerte a ti además de ella, la linda y sumisa mujer con la que están. Como la nada que representas; como si no tuvieras opinión, decisión por ti misma. Un partido más, un partido menos.
No le ven absolutamente nada de malo. Cinismo ignorante.
Tú y tus labios rosados perfectamente carnosos a juego con tus piernas y tu analítica mente se transforman en nada, en una costumbre. El partido que sigue.
Incluso tú misma aprecias más a las prendas de moda que están en tu clóset.
Pero ser la otra tampoco es nada halagador. Tienes que conformarte, limitarte, derrotarte ante todo intento de que ese hombre te vea tiernamente. Eres un reto, una batalla, una lucha interminable sobre todo para ti. Para él eres mera competencia animal.
A final de cuentas, de cualquier manera, nunca vas a llegar a ser la única mujer para él sin dejar de ser una conquista, un reto, una batalla; la linda, dulce y tierna a quien acude cuando ni siquiera dentro de su cabeza él mismo encuentra calma; y el tormentoso trío para aquella mucho menos guapa otra.
Nunca.
Jamás.
Y por eso odio a los hombres.


Texto prestado de: Labioscolorrojo 2013.

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