Se te muere por dentro todo lo que vas sintiendo. Quisieras correr de tu propia desgracia. Quisieras luchar hasta hacerte algo grande, bien grande. Pero se queda sólo en querer. Todos quieren cosas: mercadotecnia que infecta masas como si no hubiese un mañana. No lo hay. Todos buscan el amor, están perdidos. Se te muere por dentro todo lo que vas creyendo.
Amas, sientes, besas, te entregas; te traicionan, dejas de sentir, dejas de creer. Se te muere por dentro todo lo que vas soñando. Has dejado de mirar el cielo. Te vas rompiendo. Pero te gusta pensar que algún día volverás a empezar.
En el camino te has tropezado cientos de veces con las piedras que la vida te ha ido arrojando. Y cientos de veces más, te volverás a tropezar. Se te ven muy bien tantas heridas que te ha hecho el amor. Te mueres por dentro, te rompes por fuera. Te gustan mucho los moretones, te parecen galaxias atrapadas bajo la piel con un determinado tiempo de duración. Duran lo que tienen que durar: sólo para recordarte una vez más que la vida deja de doler hasta que dejas de disfrutarla.
Te gusta pensar que la próxima vez que te vuelvas a enamorar dolerá más fuerte. Porque uno tiene que ir amando cada vez con mayor intensidad: amar, sentir, besar, entregarse; ser traicionados, dejar de sentir, dejar de creer y volver a empezar, pero esta vez más fuerte; más catastrófico, más caótico, más desesperadamente intensamente magistralmente fuerte. Y así es como te pones a las órdenes del amor, para cuando alguien tenga hambre de destrucción. Porque inconscientemente es lo que todos en algún momento buscamos siempre. Se te muere por dentro todo lo que vas construyendo, y qué más da, mañana puedes volver a empezar. Siempre se puede volver a empezar. O por lo menos eso te gusta pensar.
Venus en la Arena.
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