22 dic 2013

El final.


La última parte de nuestra relación fue una extraña mezcla entre celos, deseo, violencia y venganza. Era enojo, era resentimiento, era posesión, era locura, era silencio, era vergüenza, era peligro, era perversión. Mucha perversión

Era ansiedad, esa ansiedad que te va consumiendo poco a poco y desprendiéndote. Esa que inútilmente trataba de calmar; era incontrolable.


Iba en contra del código de la moral e inclusive la ética, era completamente irracional. Quería herirlo, quería golpearlo, quería que fuese absolutamente mío, Quería muchas cosas, todas al mismo tiempo, y sentía la impotencia de tener que resignarme a quedarme en silencio y con los brazos cruzados.

Era una muerte lenta en que estaba dispuesta a encararle. Sentía escalofríos en todo el cuerpo pero yo, yo no quería calmarme.
Era odio, a veces, también asco. 
Era un juego para mí, una competencia que tenía que ganar, una mecánica pasional. Quizá sería la atracción más compleja e interminable que yo hubiera sentido hacia un hombre en mucho tiempo.

Es por eso, que en momentos me pregunto... ¿En verdad fue amor? ¿lo amé? ¿me amó? Era una revolución de sentimientos, era un precioso sentir. Y, después de todo, ¿qué tanto se puede sentir por un completo extraño? Un extraño con el que se compartieron seis años.


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