20 feb 2014

Cumpleaños.


Después de siete años, por vez primera paso un cumpleaños sin ti. Nadie podría reprocharme el asomo de las lágrimas que no pretendo ocultar.



Cumplí años, más de dos décadas ya y sigues siendo tú quien me ha visto (y sentido) muy desnuda y de frente.
Es trillado pero cierto: quien me mueve las neuronas, alborota mis hormonas. Ha sido uno, sólo un hombre: Tú.

Es raro.

Odio a esta persona que se queda aquí, que permanece a pesar de huir, a pesar de irse. Detesto los restos que quedan de mí aquí al saber que no quedan contigo, que tú no estás, que ya te has ido, que tal vez nunca estuviste y que a veces estuve llorando por tu cariño, rogando por él, matando por él. Matándome a mí misma. Por una carta, por un abrazo, por una sonrisa y por ti.
No me queda orgullo, pena ni gloria. Me queda retirarme. No sin antes recordarte que primero estoy yo, estuve y he estado, y me desgarraré aún con todos mis intentos por seguir en tu vida. En mayoría. Abarcarte todo porque así es como deberían ser las cosas.
Planeo la mudanza, llenaré las cajas y me tiraré a mí, y a ti conmigo, a la basura.
—Si le gusta algo, lléveselo —diré—. A mí ya no me sirve.
Son los recuerdos que ocupan espacio. Son apenas cinco, seis o siete años de sonrisas, de esas sonrisas que eran tan especiales entre los dos. He encontrado al menos yo una persona que te suplante, que me asemeje a aquella ternura que yo necesitaba de ti.
Me fallaste. Nunca te deseé la muerte, yo deseaba estar en tu vida. Y me niego a rendirme.
Dejo mis lágrimas en todos los rincones de esta casa abandonada. Dejo mis nubes negras en un cielo en que ya no se ven las estrellas.


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